sábado, 3 de diciembre de 2016

Y QUE YO ME LA LLEVE AL RIO CREYENDO QUE ERA MOZUELA PERO TENIA MARIDO

ELIGIO DAMAS


            “Fue la noche de Santiago y casi por compromiso”.*
            Ya ella estaba allí, en aquel pasillo poco alumbrado, no porque se hubiesen apagado los faroles, sino porque la luz es mortecina para servir de refugio a todo, hasta al lenguaje escatológico, pues allì las palabras pronunciadas sin acomodo o remordimiento no se ven ni escuchan, pasan desapercibidas. Con una amiga, ocupaba parte de un largo banco; ella hablaba a su presunta acompañante casi a gritos y manoteaba para abrirle camino a sus palabras, como si temiese estas no llegasen a su amiga; la actitud imperturbable de esta, allì a su lado, hierática, como figura de yeso, pero que no dejaba de irradiar el calor de su cuerpo y dejar oir el demasiado sutil ruido de su respirar, no le daban suficiente seguridad que le escuchase. Mucho de inseguridad había en ella; tantas dudas que la despegaban de su entorno y sus afectos. Quizàs, el silencio que llenaba aquel espacio, solo roto por su propia palabra y las emanaciones del cuerpo de su amiga, le creaban la sensación de soledad. Su acompañante la miraba fijamente, en verdad, más para que pensase le escuchaba, mientras se escapaba a lo lejos. De vez en cuando movía la cabeza en sentido de asentimiento, pero como con demasiada y estudiada discreciòn para que quien hablaba creyese le escuchaba. Esta actitud, el no hablar, no responder nada, introducir el màs mínimo comentario quizás, el mundo aùn es insondable, parecía decirle que aquella estaba lejos y había que gritarle. Su soledad no sòlo era grande sino que se ahondaba cada segundo de su vida.
            Llegué allí a esperar a alguien y hube de sentarme para evitar un cansancio ya esperado. En el banco había espacio para mí. Era el único en aquel pasillo.  Tuve que oírle, no pude evitarlo. Decía palabras gruesas que metía en el medio de la cadena que las otras hacían, como quien pone una marca, un hito. Ademàs, era tan alto su tono de voz, que era imposible no escucharle; es màs, no permitìa pudiese concentrarme en mi propio mundo, en mis necesarias y frecuentes cavilaciones..
           Su acompañante, quien fijaba la miraba sobre ella, se fue sin que aquella fuga notase. Siguió hablando por el peso dejado por la mirada fija. Yo me quedé a su lado, a su espalda. Comencé a preguntarle cosas siguiendo su discurso y ella respondía casi a gritos, mirando y gesticulando en dirección donde antes estuvo su amiga. La seguía viendo allí, atenta a sus palabras y mirándole a los ojos. Sus respuestas atendían mis preguntas. Cada cuatro o cinco palabras pronunciadas además como en cadena, daban espacio a un hito. Cada uno de estos era diferente y más procaz que el anterior. Pocas veces hizo uso del mismo hito. Su inventario era, si no rico, abundante.
            A cada pregunta mía daba una respuesta larga y cuantiosos eran sus manotazos; tanto como sus hitos. Por momentos miraba a lo lejos pero volvía su mirada para asegurarse que la amiga le escuchaba.
            Me le acerqué tanto como para rozar su cuerpo y pareció no percatarse. Continué preguntando y ella respondiendo a su amiga mi pregunta. “Toqué sus pechos dormidos y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos”*. Pero ella siguió respondiendo mi última pregunta. No pareció percatarse que su amiga ya no estaba y yo tan estrecho a ella, preguntaba.
            Pensé le gustaba el juego. No era bonita ni fea. Podía uno creer que era de aquí o de allá, su figura no dejaba de ser apetecible y llamativa; era muy joven, aunque adulta. Sus palabras envueltas en gritos estridentes y sus incesantes hitos, tras tres o cuatro de aquellas, me la imaginaron de un universo distinto al de su vestimenta y el hasta costoso móvil que en su mano izquierda sostenìa.
            Ahora mi cuerpo, adherido a su espalda, sintió que ella retrocedía  como para la estrechase más. Pero hablaba, movía cara, manos, como si allí todavía estuviese su amiga. Seguí preguntando cosas, tonterías, como para continuar el juego y ella respondía a su amiga. Entonces “El almidón de su enagua me sonaba en el oído como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos”.** Sus palabras abundantes nada decían. Pero el calor de su cuerpo, sus emociones y las mías dijeron tantas cosas.
            El banco se hizo pequeño, tanto que ella debió sentarse en mis piernas, pero siempre con la mirada, la atención puestas en su amiga. Le hablé al oído. Ella respondía con sus gritos, manotazos y sus hitos, a la amiga. Quise dialogar con ella y pedí a mí me mirase. Optó por no escucharme, siguió hablando y mirando a su amiga.
            Pensé, por sus gritos, sus bruscos gestos, manotazos como fiera en ataque, hitos y su fuego, era de un mundo distinto al mìo, pero tampoco ajena. Por todo eso, yo me la llevé al río.
            Ella marchaba adelante. Tomo la iniciativa y cuidado de mantenerme a su espalda. Su caminar era tosco, nada de sutilezas ni gestos de pasarela. Sabía que la llevaba al río, eso le dijo la amiga y ella, a gritos, manotazos e intercalando hitos, dio su consentimiento. Y tomó camino del puente, comenzó a bajar la pendiente; mientras yo, adherido a su espalda le seguía; hablaba y hablaba con gritos, manotazos y sus hitos; por todo aquello, yo definitivamente, la juzgué procedente de un mundo extraño y mozuela, pero cuan mal fueron mis cálculos, pues ella, …. “tenía marido”***.
    *García Lorca, Federico, “La casada infiel”.
  **Ídem

***Ídem


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Publicado por Eligio Damas para BLOG DE ELIGIO DAMAS el 12/02/2016 05:01:00 a. m.

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