viernes, 26 de julio de 2019

MARCO EL COBARDE INGRATO


Marco, el cobarde ingrato

“Denme sus seres cansados, sus pobres, sus masas apiñadas anhelando respirar libremente, el desdichado residuo de sus repletas orillas. ¡Envíenme a estos, los sin hogar, lanzados por la tempestad, levanto mi lámpara junto a la puerta dorada!”
Inscripción en la Estatua de la Libertad
MIAMI. Miles de migrantes aparecen en nuestras costas cada año. Vienen por una variedad de razones. Algunos están aquí en busca de la mejor vida que un trabajo pueda proporcionar. Otros están huyendo de situaciones que obligan a una madre a llevar a un niño en un viaje traicionero —a lo largo de miles de kilómetros— en busca de seguridad y refugio. Hay razones y relatos para que nos duren toda la vida. Ellos son el relato estadounidense.
Tal fue el caso de una madre y un padre que, con un hijo pequeño, llegaron a Estados Unidos hace décadas. No está exactamente claro si vinieron aquí en busca de trabajo, o posiblemente huyendo de un dictador brutal. Tampoco estaba claro cómo ingresaron al país —legal o ilegalmente. En cualquier caso, lograron quedarse y ganarse la vida aquí. Ambos trabajaron duramente. Él se hizo cantinero y ella limpiaba habitaciones en hoteles. Él también tenía un trabajo de media jornada como guardia de cruce escolar, ella llenaba estantes en Kmart.
A medida que pasaron los años y prosperaron, tuvieron otro hijo nacido en los Estados Unidos. Lo llamaron Marco. Llegó a convertirse en el primer hijo de cubanos en llegar a presidente de la Cámara de Representantes del estado de La Florida. Luego, senador de Estados Unidos y candidato presidencial en 2016.
No importa las circunstancias, es una historia convincente.
La parte triste de este relato es que la persona que más se benefició de esta historia estadounidense, ahora el senador principal de La Florida, es un cobarde ingrato que se niega a conceder a otros, algunos en situaciones mucho peores que las que sus padres han experimentado, el mismo privilegio que una vez se le dio a su familia.
Marco Rubio ahora apoya plenamente a un presidente al que llamó “estafador”. Un hombre que recientemente les dijo a cuatro miembros del Congreso, todas mujeres negras, que “regresen de donde provienen y ayuden a arreglar los lugares totalmente destruidos e infestados de delitos”. Marco y El Don saben que esas mujeres son de Minnesota, Nueva York, Michigan y Massachusetts. Así que no hay duda de lo que quiso decir el presidente con su tuit racista. Luego, la semana pasada, cuando una multitud gritó “Envíenlas de vuelta, envíenlas de vuelta”, el presidente no abrió la boca.
Sin embargo, El Pequeño Marco, nombre que le endilgó este mismo intolerante presidente, se negó a calificar al presidente de lo que es: un racista. En cambio, Rubio dijo que el tuit del presidente estaba equivocado y que el canto de la multitud era “grotesco”, y luego culpó a “los políticos de izquierda y a muchos en los medios de comunicación”. Los políticos de izquierda a los que se refería, por supuesto, eran las mismas cuatro mujeres a las que Trump había insultado.
Luego está el caso de los campos de concentración de Trump, uno de los más grandes aquí en el área de Homestead en Miami. Hemos visto las fotos. Condiciones inhumanas. Niños, algunos menores de cinco años, presos en jaulas. Laura Bush comparó las acciones con los campos de internamiento de japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.
¿Y qué ha hecho Marco? Defendió la política de Trump y, en cambio, culpó al presidente Obama de los sucesos que se desarrollan en la frontera en este momento.
Pero peor aún, el hipócrita en Marco se hace pasar por un católico devoto, quien, según lo informado por Miami New Times, al mismo tiempo que estaba defendiendo las viles acciones del presidente con los niños inmigrantes, tuiteó los salmos 5: 5-7: “Odia a todos los que hacen el mal”.
En una reciente columna de Progreso Semanal, Max Castro llamó a Trump el Stephen King de los presidentes. Max escribió que el presidente “trafica en el terror, horror y suspenso”.
Por lo tanto, podemos deducir que Marco Rubio, el hijo de inmigrantes, está ayudando a habilitar al diablo. Es tanto un ingrato como un cobarde. Porque si él tuviera cojones, como los llamaba un ex secretario de Estado, se enfrentaría con el presidente e intentaría detener esta inhumanidad y vergüenza. También admitiría que si Trump hubiera sido presidente en 1956, lo más probable es que sus padres hubieran sido enviados de regreso a lo que el Don de estilo mafioso, considera simplemente otro “país de mierda” de Latinoamérica. Y, por cierto, su hermano mayor, Mario, que entonces solo tenía 6 años, podría haber acabado como uno de esos niños pobres en jaulas que ahora albergamos en la ciudad natal de Marco, Miami.

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