lunes, 3 de febrero de 2020

RITA MONTANER

Ciro Bianchi Ross (cirobianchiross@gmail.com)To:you + 26 more Details
APUNTES DEL CARTULARIO
Rita
Ciro Bianchi Ross

En opinión del compositor Ernesto Lecuona, Rita Montaner fue “el arte
en forma de mujer”.  Concluía el autor de Siboney: “Anunciarla era
tener el teatro lleno por anticipado”.  Nicolás Guillén la vio como
una pequeña y gran mujer, cuya piel dorada era símbolo de las dos
razas que crepitaban en su corazón y le salían a los labios en un
mismo hálito de fuego. Para Alejo Carpentier, que siguió sus éxitos en
París, Rita creó un estilo. Miguel Barnet es definitivo en su
valoración. “Como la ola trabaja en el arrecife, así Rita pule la
expresión nacional, con una gesticulación propia y una forma de
cantar”.
En lo que hoy puede considerarse el primer gran boom internacional de
la música popular cubana, tuvo ella un papel destacadísimo, como lo
tuvieron, entre otros, los compositores Moisés Simons y Eliseo Grenet
y el malogrado cantante Fernando Collazo. Impusieron el son en
Montmartre y en el Barrio Latino, de París, y abrieron las puertas a
la rumba y al jazz cubano, y, por tanto, los universalizaron.  “No
puede negarse la influencia decisiva que tuvo, el año pasado, la
actuación de Rita Montaner en esta invasión de aires tropicales. Rita
Montaner en los dominios de lo afrocubano resulta insuperable”,
escribía Carpentier en una crónica fechada en París, en 1929.
Rita fue única. Tanto en París como en Nueva York, en México o en
Buenos Aires,  puso muy alto “el corazón prieto y apretado de la
Isla”. Le llamaron Rita de Cuba y ya en 1942 hacía rato que era
conocida por el calificativo de La Única. Rita de Cuba, Rita la Única…
“No hay tan adecuado modo de llamarla, si ello se quiere hacer con
justicia, escribía Nicolás Guillén. De Cuba, porque su arte expresa
hasta el hondón humano lo verdaderamente nuestro. La Única, pues solo
ella, y nadie más, ha hecho del ‘solar’ habanero, de la calle cubana,
una categoría universal”.
    En sus actuaciones buscaba la naturalidad hasta encontrar la
naturalidad misma. Su espontaneidad era fruto de un largo y paciente
trabajo.  Para cantar El manisero, uno de sus grandes éxitos, hizo un
boceto a mano, estudió las inflexiones de la voz, dónde la voz debía
ser suave y dónde, rajada y buscó en qué parte el vendedor quería
enamorar a la caserita y en cuál, vender realmente su mercancía. Era
genuina porque lo genuino  le venía de raíz.
    Aquella artista que con su simpatía sabía meterse al público en el
bolsillo, era sin embargo una mujer triste y solitaria. “Ser su amigo
era una prueba de fuego en la amistad”, afirma alguien que gozó de su
cercanía. Acogió en su casa a Roderico Neyra, el célebre Rodney,
cuando le diagnosticaron la lepra,  y  fue capaz de deshacerse de sus
dormilonas de brillantes para sacar del apuro al empresario del teatro
Martí, amenazado por los músicos con dejarle la función a medias si no
les pagaba.
Rita Aurelia Montaner Facenda nació en Guanabacoa, en 1900. Su padre
era un médico distinguido de la villa, un caballero bien plantado y
extremadamente amable,  y la madre, una mulata bellísima. Conformaban
una familia acomodada, pero no rica. La niña estudiará piano y canto.
Evidencia  una facilidad extraordinaria para la música y tiene además
una voz agradable y bien timbrada. Canta a capela y no requiere de
entonación previa para hacerlo.
    En París, Josephine Baker se cambiaba de ropa entre bastidores para
no perderse la actuación de la cubana. Se mueve en lo lírico y en lo
popular. Se hará aplaudir  en el cine. Muy gustado fue en la radio su
personaje de Lengualisa que, con sus bromas picantes, metía el dedo en
la llaga de la realidad nacional para concluir con un invariable
“mejor que me calle, que no diga nada” que sin embargo lo decía todo.
La televisión la tuvo como una de sus figuras principales. Fue una
artista, y ahí también está su grandeza, que no decayó. Murió, en
1958, en plena ascensión, como lo acreditan sus últimas actuaciones,
como aquella madame Flora de La médium, de Menotti, que electrizó a
los que la vieron y que evidenció que mucho podía aún esperarse de
ella si la muerte no se hubiera cruzado en su camino.
   
   
   

       





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Ciro Bianchi Ross

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