martes, 25 de junio de 2019

UNA COMPLEJA REALIDAD

         Una compleja realidad
                                                 Por Lorenzo Gonzalo, 25 de junio del 2019

La testarudez estadounidense por ahogar a Cuba, ha convertido la solución del diferendo entre ambos países en un horizonte inalcanzable. Cada vez que los cubanos soñamos que estamos a punto de resolver el asunto, el sueño se nos escapa como pescado en agua
No haremos reseñas, porque todos sabemos cuánto significó la Administración de Obama, aun cuando algunos, más bien por ignorancia, la critican diciendo que pudo haber hecho más. Con semejante criterio, pudiera decirse que Cuba también se quedó corta para aprovechar el momento.
Cuba no es una prioridad para Estados Unidos de América. Es un decir que escuchamos comúnmente en expresiones de sobremesa. Pero en realidad, el tiempo ha hecho que se convierta en algo más. Sectores varios, especialmente en el área de los negocios, han despertado a las conveniencias de tener relaciones normales con la Isla, sin cuestionar su sistema político. Como les sucedió con Vietnam. Los emigrados a su vez, parecen peregrinos incansables que periódicamente llevan sus ofrendas a una Isla llena de anécdotas y mitología. La mayoría de las nacionalidades llevan consigo la añoranza de su origen, pero ninguna, colectivamente, manifiesta esa comunión, practicada por el migrante cubano.
Sin embargo, existe una amalgama de dificultades que se suman a las impuestas por Washington. Una de ellas son las internas. El Poder en Cuba (el grupo de instituciones públicas y estatales que poseen el control del Estado), no termina por definir un diseño de gobierno capaz de aprovechar las ventajas de una economía que sobrepasó con creces todas las etapas anteriores de la humanidad. Este detalle, sumado a una reestructuración política capaz de consolidar el socialismo, abriría puertas aún no imaginadas. Los procedimientos pendulares seguidos hasta ahora, no parecen brindar buenos resultados productivos y los planes no muestran voluntad de desarrollar el mercado interno. El motor central básico para un despegue poderoso son las inversiones de capital y políticas que desarrollen ese mercado. El control absoluto del Estados sobre todas las gestiones, incluyendo las sociales, son tan obsoletas que, hasta las corporaciones capitalistas, han optado por abandonar el monopolio clásico, relegando funciones en otros y abandonando las direcciones verticales. Los inversionistas se quejan de la ausencia de un entramado legal fácil, con suficiente agilidad para echar a andar sus capitales y no hay señales de estimular la puesta en marcha de pequeños capitales nacionales acumulados por algunos emprendedores cubanos, los cuales serían de gran ayuda si pudieran incorporarse al circulante laboral, aumentando el poder adquisitivo del país.
Existen además temores infundados, quizás heredados de la era soviética, sobre la supuesta pérdida de soberanía por el hecho de hacer ciertas concesiones respecto a los activos nacionales, cuando en la realidad económica de hoy, las funciones administrativas y servicio son el objetivo primario de los capitales. Salvo los bienes raíces, convertidos en aspecto especulativo del juego financiero en las últimas décadas, al capital no le interesa el inmueble tanto como la utilidad que le puede extraer. Es innegable que presenciamos un cambio paulatino en los criterios de propiedad. Los derechos de propiedad inmuebles no tienen la misma importancia de hace medio siglo, amén que los derechos nacionales impiden disponer de ellos como en otras épocas.
De existir la suficiente flexibilidad para que los capitales dispusieran de los recursos del país, limitados sólo por tasas impositivas sobre las utilidades y una debida regulación para que una parte se reinvierta nacionalmente, las presiones del empresariado sobre el Congreso estadounidense y la Casa Blanca, resultarían mucho más efectivas
La otra gran dificultad son los emigrados.
Aun cuando el Estado cubano, desde la década de los noventas, ha hecho esfuerzos por normalizar las relaciones con las personas que viven fuera, diseñando incluso políticas para que puedan establecerse como residentes, hay baches que impide al emigrado convertir su “militancia afectiva” en acción política y ser consecuentes con sus aspiraciones de sentirse un cubano que vive fuera. Esto hace que, en el fondo, ocasionalmente la mayoría sueñe con un indefinido “cambio de régimen”, con lo cual le hacen juego a la derecha conservadora que tiene esas aspiraciones y es su leitmotiv para presionar a Washington
Sentimientos vengativos, afanes de revancha y la incapacidad para reconocer los errores que los llevaron a la condición de expatriados, han servido de acicate a la derecha cubana conservadora, para conformar la ilusoria meta común de “derrocar un día a Castro”. El tiempo se ha encargado de transformar esa posibilidad y lo que era una realidad política hace 60 años hace muchos años que perdió su asidero. Pero la fantasía ha prevalecido sobre las realidades y como resultado mantienen una actitud política militante en pos de ese objetivo, en gran medida compartida calladamente por un número considerable de la migración económica llegada a partir de la década del ochenta, la cual no manifiesta en público ese sentimiento, porque no quiere perder su derecho de viajar a la Isla. Debemos aclarar que esa actitud no es ideológica, simplemente se alimenta de la poca funcionabilidad del Estado cubano, de la política injerencista de Washington (la cual apoyan en cierto modo porque no están educados para desafiar el statu quo y por los beneficios que reciben) y de un Miami controlado por los derrotados de la dictadura de Batista, cuyo enfrentamiento puede crearles dificultades laborales.
Los conservadores cubanos, representantes de la derrotada dictadura de Batista, llegados en los primeros cinco años de la década del sesenta, confiaron en que “los americanos” (como incorrectamente muchos llaman a los estadounidenses), “derrocarían a Castro” y que los políticos a la vieja usanza ocuparían la administración del Estado. Una y otra vez el tiempo mostró que la agresión foránea no era la vía y la evolución de los criterios políticos muestran que las soluciones, necesariamente no están dadas, ni siquiera, por el manido criterio de la llamada “democracia representativa”. No obstante, estas personas se aferran al pasado y esa militancia, aletargada en gran medida por la inexorable desaparición de la generación que jamás superó sus errores (o sea, los antiguos miembros del gobierno de Batista), continúa influenciando en Washington, dificultando buscar el marco de respeto apropiado, tanto para la Casa Blanca como para el Palacio de la Revolución, quien parece tener más paciencia y sabiduría que granos de arena puedan existir en el desierto del Sahara.
El gobierno cubano no ceja en su afán de reconocer a sus emigrados y tratarlos como nacionales. Pero eso no basta.
Washington no ha tenido que forzar la militancia de la reacción anticastrista cubana. No les exige ser de un Partido o de otro. No le interesa si son más liberales o de izquierda. Simplemente escucha al que toca las puertas de la Casa Blanca. Trata por igual a Demócratas y Republicanos en dependencia de la Administración de turno. En cambio, el Estado cubano magnifica a grupos insignificantes que manifiestan un irrestricto apoyo al gobierno, soslayando la importancia de personas que favorecen relaciones normales entre ambos países, los cuales han languidecido con el tiempo por falta de poder negociador con el gobierno cubano. Personas de esa extracción no reciben reconocimiento público dentro de Cuba, aun cuando no tienen aspiraciones políticas, excepto el cese del Bloqueo a Cuba.
Estos grupos están más cerca de las tradiciones institucionales estadounidenses, que los otros. Del mismo modo que los luchadores en Estados Unidos a favor de los inmigrantes no son opuestos a las instituciones del país, sino reclamantes de sus derechos ciudadanos, los cubanos emigrados deben ser estimulados a actuar dentro de Estados Unidos, como residentes de ese país y no como representantes del Estado cubano, actitud que el gobierno cubano no exige, pero no administra convenientemente. La diferencia, a veces sutil, resulta descomunal a los efectos del trabajo a favor de las mejores relaciones entre ambos países. Reclamar el respeto a la soberanía cubana no tiene que ver con los criterios políticos o sociales de sus protagonistas, ni significa el apoyo a una particular ideología. Todo movimiento a favor de relaciones normales entre ambos países, debe ser estimulado con el mismo reconocimiento que reciben los grupos que, viviendo en el exterior, se identifican irrestrictamente con el gobierno.
Es sólo un criterio, aunque las observaciones aquí expresadas tienen un alto porcentaje de veracidad.
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