miércoles, 22 de mayo de 2013

EN RECUERDO DEL DIA CUANDO , EN NUESTRO PUEBLO,SUPIMOS DE LA MUERTE DE ANDRES ELOY




En recuerdo del día cuándo, en nuestro pueblo,
supimos de la muerte de Andrés Eloy.
                  

ELIGIO DAMAS


 
              Por alguna vía llegó la noticia. Y es que las malas siempre llegan, rápido y en el momento preciso. La feroz  censura impuesta por el régimen y ejercida con saña por el lápiz de Vitelio Reyes, no quiso tener motivos para ocultar aquella muerte. En  un accidente de tránsito, allá lejos, en ciudad de México, el día 21 de mayo de 1955, había muerto Andrés Eloy.

              Por eso, al día siguiente, los muchachos del  liceo Antonio   José  de  Sucre  de  Cumaná,  estábamos  cabizbajos   y cuchicheábamos   de  grupo  en  grupo.  El  rumor   se  expandía rápidamente y también comenzó a gestarse una protesta sorda.  Por la piel de uno, las ganas de protestar se trasladaron a otro y se fueron con éste a contagiar al grupo más cercano.

              Nadie  levantaba  la voz. Cerca de  los  grupos  de estudiantes,  con  el paltó azul marino guindando  del  antebrazo derecho y la corbata negra ligeramente ladeada, como  protestando el calor, la policía acechaba.

              Ya era las ocho de la mañana. El timbre de  entrada del  liceo  sonó  con puntualidad  e  insistencia.  El,  que  de ordinario  entraba  con estridencia hasta la sala  de  billar  de Domingo Ramírez, marcando la interrupción de una partida iniciada quizás  diez  minutos  antes, no fue atendido por  nadie  en  esa oportunidad.

              Mientras   el  timbre  continuaba  su  rutina,   yo recordaba  aquella tarde que le conocí, cuando mi padre me llevó de su mano al Parque Ayacucho a "escuchar al primo". A papá no le interesaba para nada aquel acto electoral en el cual Andrés Eloy hablaría en favor del candidato de su partido. Iba allí sólo  con el interés de escuchar al poeta, al gracioso y denso orador.


              Mientras  hablaba, las frases y juicios políticos, los  versos y los chistes inteligentes se mezclaban  con  gracia, ritmo  y  armonía. Parecía una fuente de agua fresca.  Yo  apenas tenía  nueve años y aquel orador político tuvo la rara virtud  de cautivar  a un niño. Hasta ese momento, era capaz de  apostar  mi guante,  mi  bate  y hasta mi bolsa de pichas,  que  nadie podía hablar con la fluidez, elegancia y amenidad de mi padre. ¡ Era mi viejo un bello encantador de serpientes !

              En  la plaza 19 de Abril, que hoy lleva  el  nombre del  poeta, un grupo formaba un círculo y la mirada iba hacia  el centro. Tristeza y rabia se mezclaban en el radio de cada mirada.
              En el billar, las bolas se detuvieron un instante a manera de protesta y como un homenaje al "hijo bueno que se muere afuera".

              Detrás de la catedral, un grupo más activo y  audaz continuaba el cuchicheo e  impartía órdenes que como por arte  de magia, se iban trasmitiendo a todos los estudiantes dispersos por el área próxima al liceo.

              El  director del plantel, el profesor Tirso  Boada, cansado  de  hacer  sonar el timbre, asustado  y  preocupado  por nuestra  respuesta, salió a conversar con nosotros.  Recuerdo  la forma  y  el color de su corbata, la gravedad de  su  rostro,  el corte  de  su traje y hasta el modelo de sus zapatos.  Comenzó  a hablar,  nada  me quedó de lo que dijo, si  es  que  algo  dijo. No he olvidado su mirada angustiada que saltaba de nosotros a los hombres de corbata negra.

              Nadie   levantó  la  voz,  no  hubo   carreras   ni empujones.  La policía no tuvo oportunidad de agredir.  Todo  era tensión y silencio. La noticia de la protesta se esparramó por la ciudad.  La  población  se enteró y casi toda  se  acercó  a  los alrededores del liceo Sucre y constató que estábamos tristes  por su  tristeza, arrechos por la muerte del poeta y  hastiados  del gobierno.  La ciudad, la nuestra y del poeta, mostró  también  su odio  a quienes le apartaron el hijo y solidaridad  incondicional con  la protesta. Hubo una epidemia de protesta sorda y  a  todos les llegó por la piel.

              Y  todos estábamos allí. La consigna, la idea y  la bandera  eran de todos. Aquel grupo de muchachos supo  enlazar  a las estrellas.

              ¡ Cómo los poetas ! 






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Publicado por Eligio Damas para BLOG DE ELIGIO DAMAS el 5/22/2013 11:56:00 a.m.

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