viernes, 30 de noviembre de 2018

DE CHAVEZ A MADURO , EL SENTIDO MESIANICO EN LA ERA MADURO

De Chávez a Maduro. El sentido mesiánico en la era Maduro

Eligio Damas

            Nota: Este trabajo es la parte final de un largo libro de más de 250 páginas, incluye unos dos anexos,  terminado recientemente y tiene “por ahora” como título, “De lo mesiánico venezolano”. Procuraré sacarlo por alguna vía a sabiendas que no habrá quién por él se interese, como me ha sucedido con los tantos que he escrito; es el tributo que se paga por ser uno, pero como soy fiel creyente de aquello que decía Francisco José “Kotepa” Delgado, “escribe que algo queda”, no pararé de hacerlo
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            Maduro y sus asesores pusieron énfasis en decir aquello de ser hijo del comandante. Algo como dejar establecido que llegó allí por la herencia, por derecho divino. No fue mucho el tiempo que estuvo con el de Sabaneta, antes este asumiese la presidencia de la república si le comparamos con Cabello o con Adán Chávez que es su hermano y tantos otros. Como que tampoco fueron muchos los aprietos que eso significó en su vida. Fue el escogido por Chávez aquella aciaga noche, antes de partir a Cuba cuando no esperaba morir tan pronto. Pero esa designación cargada de dramatismo no era suficiente, tomando en cuenta el origen del liderazgo nacido a partir del alzamiento del 4F, la composición del partido, el GPP y las jornadas por venir. Faltaba algo más “convincente”. Esa empatía entre el barinés y buena parte del pueblo venezolano, sobre la cual hemos comentado con abundancia y por demás conocida de los venezolanos, tuvo como un efecto mesiánico y personal. El comandante estableció una comunicación directa, emocional y afectiva con las multitudes por encima de su partido y cualquier otra organización. Pero no por razones personales, divinas, inherentes a él, sino por lo que hay de particular en los acontecimientos históricos dentro de los cuales se dio su participación y lo derivado de la renta petrolera que le permitió proponer pagar la “deuda social acumulada” al estilo y forma que concibió. Es más, su último partido, el Psuv, nace con posterioridad al establecimiento o internalización de aquella relación. Y no surge y fortalece de la armónica que se establece entre la organización naciente, su liderazgo y la multitud, de manera paulatina en la medida que las luchas avanzan, sino de la decisión del dirigente, de manera casi inmediata, por la contingencia de los acontecimientos. El comandante relaciona al partido y sus capas dirigentes con el pueblo. Es un intermediario entre ellos. De donde se podría decir que las organizaciones, el partido o los partidos que creo, salvo el MBR-200, de poca militancia, dado fue un grupo clandestino, fueron posteriores a aquella íntima y profunda relación. Todo ello nació como un parto de esta. No había razón para pensar que pudiera transmitir fácilmente, como suele suceder en los casos normales cuando un liderazgo pasa a sustituir a otro, todo lo que ello significa. Más cuando la sustitución no se da a través de un proceder normal, con la velocidad requerida, hechos pertinentes y hasta decisión mayoritaria y democrática. No hubo la oportunidad que la dirigencia compartiese la lucha en el tiempo necesario y  se fuese reconociendo como para definir claramente los liderazgos y derechos. No hubo oportunidad que los sentimientos de toda índole se decantasen. Aquella organización y dirigencia complementaria no tuvieron ninguna participación en el nacimiento de la profunda relación amorosa, de intenso sentimentalismo entre el dirigente y el movimiento popular que le hizo presidente y le devolvió al poder cuando lo destituyeron de manera ilegal. Tampoco permitió se estableciesen y definiesen los necesarios reconocimientos entre dirigentes y dirigencia que se impuso un poco abruptamente, para no decirlo de otra manera. El partido es más bien como un hijo de ambos, del comandante y el pueblo. Ellos dos le construyeron, los demás fueron sólo piezas. Además, su nacimiento es como producto de un aborto y por demás contingente. La organización nace no para dirigir, como debiera hacerlo cualquier partido revolucionario que generalmente se forma de la realidad y hasta de las vicisitudes, crece en la medida que sus creadores le meten dentro de la gente y como colectivo se gana el respaldo de las multitudes. No. Este, el partido, nació por una decisión casi del dirigente solo, dentro de la gente y rodeado e impulsado por multitudes de una vez que sólo le reconocen a él, el creador, como su dirigente. Los demás parecieran simples convidados de piedra. Y hasta el partido mismo por lo que se configura como ajeno a las multitudes. Este fenómeno es original y difiere en buena medida de los que han dado nacimiento a los partidos revolucionarios conocidos. Es un parto o creación casi inmediata del dirigente y las multitudes. El liderazgo de Bolívar a nivel nacional, su definitiva aceptación como dirigente, resultó de un proceso relativamente lento, de gran conflictividad y duros debates, pese la velocidad de los acontecimientos, debido a las circunstancias históricas y estructurales derivadas de la Capitanía General de Venezuela, donde las provincias mantuvieron por años una relación de independencia unas de otras, tanto como que por disposición de la corona española ni siquiera podían comerciar entre ellas. Esa dirigencia provincial y la caraqueña, en la mayoría de los casos, ni siquiera se conocían al momento de estallar la guerra. La mayoría de los cuadros que se unieron a Chávez con posterioridad, estando en Yare o a la salida de aquella prisión, se conocían entre sí o por lo menos cada quien sabía de dónde procedía el otro y se guardaban distancias y hasta desconfianzas por diversos motivos. Por sí mismos, durante años, no habían encontrado formas de unirse en torno a nada. Chávez, no obstante, hizo posible aquel milagro. Es decir, la unión, el encuentro entre ellos también es un acontecimiento en gran medida debido al barinés.
            Los habitualmente llamados cuadros del partido de Chávez fueron desde el inicio formados en otros espacios, bajo liderazgos diferentes, en su mayoría ellos vinieron de la vieja izquierda, separados como resultado de tantas circunstancias que depararon derrotas y divisiones que les volvió incrédulos y desconfiados; como también un buen número procedente del sector militar que le acompañó y respaldo cuando se alzó. Cada individuo, y el grupo que terminó imponiéndose tenía su relación directa con él;  Maduro, ni ningún otro tuvo tiempo y oportunidad de consolidar un liderazgo amplio dentro de la nueva organización, salvo el derivado de la militancia común en pequeños grupos. Todo giraba alrededor de Chávez, lo que condujo hacia aquello que llamaron  híper liderazgo. Este reconocimiento se alcanza con el tiempo y la persistencia de defender, interpretar y concretar en acciones las aspiraciones del colectivo. Tampoco la fuerte personalidad y avasallante liderazgo de Chávez,  dejó espacio y oportunidad para que ningún otro se perfilase para asumir aquella herencia con derecho propio. Quizás, como nos dijo Héctor Navarro, “el presidente Chávez, cuando señaló a Maduro para sustituirle, en verdad no pensaba que se moriría en esos días”.
            Por eso, ante aquel “hecho sobrevenido”, quien le sustituye debe hacerlo en los mismos términos del nacimiento original y con los mismos derechos y prebendas, a riesgo de perder la magia y el mandato divino de dirigir y ordenar a aquella tropa tan disímil y complicada. Si el sustituto llega como un advenedizo, uno coleado, sin los pergaminos o la ilusión que es una copia o nada fiel y pertinente como heredero del primero, pudiera perder todo el peso y autoridad que de aquello irradia. Hay que ofrecerle como una encarnación del que se fue.
           La circunstancia misma de “heredar” el gobierno y el partido bajo la obligación constitucional de enfrentar unas elecciones para escoger al nuevo presidente en lo inmediato, impone como la obligación de asegurar la unidad a todo trance. Había entonces que crear urgentemente una relación estrecha, como la prevaleciente con Chávez para transmitir hacia las multitudes que todo continuaba igual. Mantener la unidad se volvió objetivo primordial y para ello se apeló al imaginario y la fantasía. Hubo la necesidad apremiante de “sacar un original”, con todos los riesgos que conlleva.
           Por eso, el mesianismo se apodera también de la figura de Maduro y los hacedores de su imagen ponen empeño en que eso del hijo y del heredero no es un simple slogan publicitario, una expresión puramente emocional, sino que es la más pura realidad. Así como los Incas eran exhibidos como los hijos del sol, no simplemente de los Incas anteriores, sus padres para más señas, a los cuales sustituían, sino de aquel, el creador, la fuerza inercial divina, para que la multitud internalizase la idea de su mandato divino y hasta original y verdadero, de la misma manera era necesario vender a Maduro, para que pese sus limitaciones, como lo de un liderazgo demasiado insuficiente en comparación con el que ejerció el Comandante, no fuese causa o motivo para debilitar el “proceso bolivariano”.
            No parece entonces azaroso que Maduro comience a copiar la conducta de quien le dejó la herencia. Fracasaron aquellos que le recomendaron al nuevo presidente hiciese todos los esfuerzos posibles para ser él, auténtico y abordase el porvenir tal como le vendría, sin poses o respuestas preestablecidas. Optó más bien por atender a quienes por el contrario aconsejaron se comportase como el heredero de toda una fuerte carga genética, el hijo de carne y hueso.
            Quizás por todo eso, Maduro comience a comportarse como un enviado a sustituir en todo a quien tuvo necesidad de irse y aquello de “Chávez no soy yo, sino somos todos, hasta tu muchacho del barrio”, es suplantado por “cuando digo yo, digo somos”. Y los conceptos y prácticas que por el enorme peso o liderazgo de aquél se impusieron, con Maduro no sólo se continuaron sino que hasta se intensificaron. Los resultados están a la vista como para que cada quien los evalúa de acuerdo a sus intereses e instrumentos.


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