sábado, 26 de enero de 2019

CRONICAS MAMBISAS (1)


Crónicas mambisas (I)
Ciro Bianchi Ross

Acaban de aparecer, con el sello de Ediciones Loynaz, de Pinar del
Río, las Crónicas mambisas, de Ismael Pérez Gutiérrez. El escribidor,
que vio nacer y crecer esta obra que ve la luz en dos volúmenes, sabe
del sostenido esfuerzo de su autor, al margen de sus tareas como
profesor de Medicina, para hacerla posible, y de la prolija
investigación que le antecedió. El resultado, escribe en el prólogo
René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba,
es de esos libros que «aferran y crean adicción». Añade: «Es imposible
soltarlo una vez queda atrapado el lector con las historias llenas de
grandeza humana y altruismo, que narra en cada uno de los pequeños
relatos mambises». Lástima de lo corto de su tirada —500 ejemplares—
cuando se trata de un libro que, sin que esté dedicado en particular
al lector infanto-juvenil, .debía estar al alcance de maestros de las
enseñanzas primaria y secundaria y figurar en las bibliotecas de todas
las escuelas de la Isla. Piensa quien esto escribe que la mejor manera
de trasmitir la historia de nuestro país es a través del relato de las
acciones heroicas que lo hicieron posible, una gesta que, cuando la
realidad la impuso, acometió  gente como uno, de carne y hueso, con
virtudes y defectos,  que se creció ante los demás y acaso ante sí
mismas.
    ¿Qué pretendió Pérez Gutiérrez con su libro? Afirma el propio autor:
    «Cuando empecé a escribir este “intento”, pensé que era adecuado y de
hecho lo titulé Anecdotario mambí. En un inicio, y como aún se
conserva en buena parte, se constreñía como señalaba aquel título a
breves anécdotas ocurridas en el campo insurrecto en el transcurso de
las guerras por la independencia.
    «Poco a poco fueron apareciendo otras que no se enmarcaban solo en el
área bélica, sino que habían tenido por escenario las ciudades y la
emigración revolucionaria con hechos de igual significación que los
que ocurrieron en la manigua, y con igual simbolismo…».
    Refiere el autor que en la búsqueda de información para su obra le
salieron al paso personajes poco conocidos que lo invitaban a
rescatarlos del olvido. Habían dedicado la vida a la lucha por la
independencia, pero resultaba imposible encerrarlos en una anécdota.
De ahí que decidiera cambiar el título de su obra por otro más
abarcador, pero con igual espíritu.  Se llamaría Crónicas mambisas.
    Algunas de las escenas que se recrean en el libro son conocidas;
otras, no tanto. Todas expresan el enorme amor a Cuba de que dieron
muestra los hombres y mujeres que las protagonizaron, algunos de ellos
figuras cimeras de nuestra historia y otros, seres anónimos. En todos
está presente el alma cubana, recalca Ismael Pérez Gutiérrez.
    Afirma: «No se encuentran todas las acciones que ocurrieron, solo
algunas que me llamaron la atención en mis estudios de la historia
patria y que recojo de diversos autores, muchos de ellos testigos
presenciales o contemporáneos de los intérpretes principales de las
mismas y que repetimos con ligeras variaciones en nuestro estilo. El
resto está allí, en los cientos de libros y documentos en que es
necesario hurgar cuando se pretende conocer cómo se forjó nuestra
nación ».
    En el prólogo a Crónicas mambisas, recuerda René González Barrios que
no son pocos los médicos que abordaron la historia patria. Cita en ese
sentido a Fermín Valdés  Domínguez, Félix Figueredo, Eusebio
Hernández. Horacio Ferrer, Gustavo Pérez Abreu. Guillermo Fernández
Mascaró, «protagonistas todos de las gestas independentistas, que
legaron a la posteridad sus testimonios de la guerra, en libros o
diarios de campaña, algunos de ellos inéditos aun».  Menciona asimismo
a Benigno Souza, biógrafo de Máximo Gómez.
José Martí exaltaba siempre que se escribieran obras de ese tipo, «de
las que ensanchan el corazón y llenan de pasión y ansiedad de hacer, a
quienes las devoran». Concedía el Apóstol lugar especial a Episodios
de la Revolución Cubana, de Manuel de la Cruz. Afirmaba que no podía
pasar ante dicha obra sin tomarla en sus manos y besarla, y aconsejaba
que cada soldado llevara en su equipaje La revolución de Yara, del
coronel Fernando Figueredo Socarrás, «con la misma fe que el creyente
lleva la Biblia». Por cierto, el escribidor tuvo en sus manos, en los
años 70, el ejemplar de Episodios de la Revolución Cubana que leyó y
consultó José Martí, con anotaciones y subrayados de este. Pertenecía
entonces a José Lezama Lima, que lo tenía como la pieza más valiosa de
su muy valiosa y extensa biblioteca.
Precisa González Barrios que el libro de Ismael Pérez Gutiérrez
recuerda otros como A pie y descalzo, de Ramón Roa, y Cuba heroica, de
Enrique Collazo, «canto de gesta,  donde aquellos tiempos, iluminan el
camino de estos», y añade:
«No tengo dudas de que al leer estas páginas, las nuevas generaciones
cubanas sientan orgullo de sus antepasados, y el placer infinito de
saberse herederos de los extraordinarios valores que nos legaran.
Quizás, martianos siempre, también lo besen y lo lleven para siempre
consigo en el equipaje».
Reproducimos a continuación algunas de las crónicas incluidas en el libro.
UN DUELO SINGULAR
Dos años menor que Ignacio, Enrique Agramonte y Loynaz, estudiante del
sexto años de Medicina, se alza en la manigua camagüeyana  y unido a
las fuerzas que mandaba su hermano, toma parte en todos sus combates
ganando merecidamente su ascenso a teniente coronel.
    De un valor a toda prueba, recibe tres heridas de bala en el ataque a
Las Tunas y después de reponerse se reincorpora a las fuerzas
mambisas. Un día hubo un encuentro entre las tropas cubanas y una
columna enemiga. Los nuestros esperaban emboscados el paso de esta y
al llegar al lugar señalado, se inició un fuerte tiroteo. En el calor
de la refriega, se separó un joven oficial español del grueso de la
columna, quedándose solo entre las dos fuerzas.
    Entonces, se vio de pronto a Enrique, saltando como un tigre desde
las trincheras en donde se encontraba parapetado, dirigirse al
hispano, retándolo, e inmediatamente se traban en un duelo personal
entre ambos valientes. Chocan el machete y el sable sacando chispas de
cada encuentro. El Mayor, al contemplar la escena da la orden de «alto
al fuego» y pide que dejen solos a los contendientes. A su vez, el
oficial al frente de la tropa española contiene el suyo.
    Un silencio imponente cubre el campo donde solo se escucha el choque
de los dos metales, mientras, todos los ojos siguen el singular
combate. El cubano se impone y en un momento dado se ve caer herido de
un machetazo al oficial español. Retrocede rápidamente Enrique a la
trinchera, pero el fuego no se reanuda entre ambas partes hasta que el
herido no fue retirado cuidadosamente por sus compañeros. El valor y
la hidalguía estaban presentes en todos estos hombres.
EL HORROR DE MACEO
Durante una estancia en Nueva York, reunido con varios amigos, el
general Antonio se quejaba de un fuerte dolor de muelas. Uno de ellos
le aconseja que visite a un dentista, y en efecto se encamina al
consultorio de uno, norteamericano,  llevando como intérprete al hijo
de un amigo.  El joven notaba cierto nerviosismo e inquietud en el
gigante de bronce y pensó que se debía al dolor que le producía la
muela cariada.
    Examinada la boca de Maceo por el estomatólogo, este le indica la
necesidad de extraerle la pieza. Tiene caries tan avanzada que no es
posible empastarla. Maceo, ni tardo ni perezoso se levantó del sillón
y de pie dice: -Hoy np puedo, vuelvo otro día.
    Cuando se hallaron en la calle, el bravo entre los bravos, el
indómito héroe de cien batallas que no temía a la muerte, siempre a la
cabeza de sus hombres y con numerosas cicatrices en el cuerpo como
condecoraciones, exclamó sonriendo con ingenuidad infantil:
    -Tengo horror a sacarme una muela.
LA BAYAMESA
Rosa Castellanos nació en Bayamo en 1834. Humilde negra,  debido  a su
inteligencia e intuición se había hecho experta en el manejo de las
propiedades medicinales de muchas plantas, por lo que su investigación
y curiosidad no tenían límites. Altruista, no fue una «curandera» más
y no hizo de sus conocimientos un medio de lucro, sino que lo marginó
de ese egoísmo ofreciéndolo para aliviar las dolencias humanas.
Popular y querida,  junto a su esposo José Francisco Varona se alzó en
el 1868. Aunque con valor para empuñar las armas, prefirió, por más
útil, cuidar de los heridos y enfermos.
    Trabajó así, tanto en hospitales con cierta estabilidad como en los
llamados «de sangre», para brindar las primeras curas a los heridos en
los combates. Finalmente logró levantar un magnífico hospital de
campaña en San Diego del Chorrillo en tierra camagüeyana, donde
hospitalizaba a los libertadores y los atendía y cuidaba
cariñosamente.
    En cierta ocasión un desertor cubano se alistó como «jíbaro» español
e intentó guiar a las fuerzas de su guerrilla hasta el hospital del
Chorrillo. Como operación previa, salió solo  a explorar el lugar
objeto de la próxima «hazaña». El sitio estaba lleno de heridos
procedentes de los combates de Jimaguayú y Las Guásimas por lo que
Rosa tenía que centuplicar sus actividades de médico, enfermera,
farmacéutica, forrajera, cocinera, lavandera y hasta de explorador y
escolta del hospital.
    El traidor de acercó al hospital y allì se apostó a observar el
movimiento y precisar los detalles para el ataque. Lo que no sabía era
que la despierta mambisa ya lo había detectado y cuando pretendía
abandonar el lugar para reincorporarse a los suyos, esta, sacando su
arma, lo despachó de un certero balazo para el otro mundo. Así eran
nuestras mambisas.
                        (Continuará)

    





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Ciro Bianchi Ross

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