domingo, 20 de octubre de 2019

!AGACHATE QUE TE VAN A MATAR

Ciro Bianchi Ross (cirobianchiross@gmail.com)To:you + 26 more Details
¡Agáchate, que te van a tirar!
Ciro Bianchi Ross

La aparición en los pantanos de los Everglades, Florida, el 29 de mayo
de 1976, del cuerpo sin vida de Jesús González Cartas, alias «El
Extraño», asesinado en  circunstancias no precisadas, vino, de cierta
manera, a poner punto final a un incidente ocurrido en La Habana más
de treinta años antes cuando en la esquina de Monte y Cienfuegos,
frente al Parque de la Fraternidad, era muerto a tiros, desde un
vehículo en marcha, Enrique Enríquez Ravena, jefe del Servicio Secreto
del Palacio Presidencial.  Identificados como autores el crimen
fueron, aparte de González Cartas, Luis Salazar, alias Wichy, y
Antonio de Cárdenas, conocido como «Cuchifeo», y a pesar de la
conmoción que la muerte inesperada de su subalterno, a quien
apreciaba, ocasionó en el presidente Ramón Grau San Martin, el hecho
quedó impune por falta de pruebas de convicción. La voz popular
aseguró que en el  portal del café La Zambumbia, en la propia esquina,
se encontró un cartel que decía: «Los que nada han hecho nada teman.
La revolución venga a sus muertos».
¿POR QUÉ LO MATARON?   
Eran las diez de la mañana del  martes 20 de abril de 1945 cuando
disparos de ametralladora calibre 45 se mezclaron con el sonido de las
alegres notas musicales  que salían por los altavoces de la emisora
radial CMQ, en Monte y Cárdenas. Un auto marca Ford, proveniente de la
calzada de Reina, perseguido por dos vehículos, ganaba la calzada de
Monte y se detenía de manera abrupta a la altura de la calle
Cienfuegos. Lo tripulaban el jefe del Servicio Secreto de Palacio y
Narciso Carrión Rojas, «Guanajay», su chofer y hombre de confianza.
¡Agáchate, que te van a tirar!, exclamó el primero antes que una
lluvia de balas impactara el vehículo en que viajaba sin darle tiempo
a hacer uso de la pistola que portaba siempre. «Guanajay» salió ileso.
    Pese a los años transcurridos se desconoce con exactitud el motivo
del atentado. El presidente Grau, con traje blanco y corbata negra y
visiblemente emocionado, dijo, en la despedida de duelo, que lo
mataron «porque eran buen hombre del gobierno, porque era honrado y
virtuoso… porque estaba colaborando estrechamente con un gobierno
honrado…».
    Otros aseveraron que enemigos políticos del gobierno, en plan de
sabotear la obra del Presidente, liquidaban a un funcionario de su
confianza,  mientras que otros atribuían el crimen a una venganza de
Acción Revolucionaria Guiteras (ARG) organización del «gatillo alegre»
que presidía «El Extraño», contra el  gobierno  por la muerte,  en un
intento de fuga del Castillo del Príncipe,  de Gustavo Pino Guerra,
cuyo indulto la ARG había solicitado en varias ocasiones.
    Se dijo por otra parte  que fue un pase de cuentas por las simpatías
del occiso con el gobierno batistiano finalizado en 1944, y sus
estrechas relaciones con el comandante Jaime Mariné, director de la
Comisión Nacional de Deportes y ayudante de Batista. Es cierto que
prestó servicio como optometrista en esa  Comisión  y fue miembro del
Servicio de Inteligencia Militar (SIM) sin dejar de ser por ello un
hombre de la absoluta confianza del doctor Grau San Martín. Por
indicaciones suyas  ingresó en la Policía Judicial durante el Gobierno
de los 127 días, y al caer este, se mantuvo en el cuerpo también  por
petición de Grau. Sus vínculos con Mariné le permitieron conocer
muchas de las interioridades del gobierno de Batista y dar cuenta de
ellas oportunamente a  Grau. Algo más importante aún. Las relaciones
con Mariné le permitieron conocer los vínculos secretos que muchos que
se las daban de opositores mantenían con  Batista a través del general
Manuel Benítez, jefe de la Policía Nacional y del propio Mariné.
    Escribía Enrique de la Osa en Bohemia: «Por esta razón había muchas
personas interesadas en eliminar a Enrique Enríquez del mundo de los
vivos. Resultaba un testigo demasiado comprometedor para algunos
líderes revolucionarios que mantuvieron conexiones subterráneas con
los prohombres del régimen barridos por la voluntad popular el 1 de
junio de 1944. ¿No serían sus matadores instrumentos ciegos de esos
intereses ocultos?».
CHASCOS DE CHIBÁS Y RENUNCIA DE CUCÚ
El mismo día del sepelio de Enríquez, el senador Eduardo Chibás
anunció por la radio y los periódicos que en cuarenta y ocho horas, la
opinión pública sabría el nombre de los asesinos del jefe del Servicio
Secreto de Palacio. Faltando poco tiempo para que se venciera el
plazo, visitó el parlamentario al  coronel Carreño Fiallo, jefe de la
Policía,  y le dio los nombres de los culpables. Salazar, Cárdenas y
González Cartas, y comentó que a las seis de la tarde los daría a
conocer por la radio. Sin perder tiempo, Carreño llamó a la prensa y
dio la noticia como suya.
    Visitó además a Orlando León Lemus, un pandillero que hizo célebre el
seudónimo  de «El Colora’o». Le advirtió que si conocía el paradero de
los implicados  en el atentado, les pidiera que se entregaran a fin de
evitar derramamientos de sangre. «El Colora’o» respondió que ignoraba
todo lo concerniente al asunto, pero que  le avisaría en cuanto la
Policía localizara a los culpables.
    Mientras el subsecretario de Defensa aludía a la existencia de un
complot encaminado a eliminar, no solo a Enrique Enríquez Ravena, sino
también al general Pérez Dámera, jefe del Ejército, al jefe de la
Policía y a él mismo, lo que nunca se comprobó,  se supo  que una
autoridad superior mostró a Rogelio Hernández Vega, alias «Cucú»,
segundo jefe de la Policía Secreta, las fotos de los culpables en la
muerte de Enríquez para que procediera a su detención. Puesto en ese
trance, Cucú presentó su renuncia porque «una cuestión de delicadeza
le impedía actuar contra elementos de su misma filiación
revolucionaria».
EL EXTRAÑO DENTRO Y FUERA
El cabello le salía desde la frente y los ojos le lucían  ligeramente
dormidos, pero Jesús González Cartas no tenía nada de extraño; era una
persona físicamente normal,  con una facilidad extraordinaria, eso sí,
para cambiar de fisonomía siempre si podía valerse  de una prótesis
dental, una peluca y unos espejuelos de aro. Su última dirección de
Cuba es la de la calle 72 esquina a Novena, en el reparto Querejeta,
Marianao, aunque pasaba temporadas en el domicilio de su esposa, en
Lawton.
    Ocupó la secretaría general de la ARG y tenía todo un rosario de
causas pendientes en los tribunales, como la de su participación, por
órdenes del sátrapa Rafael León idas Trujillo, en el secuestro del
líder obrero dominicano Mauricio Báez, lo que lo convirtió en prófugo
de la justicia cubana.  En su libro La república de Miami, José
Buajasán y Jorge L. Méndez ofrecen la ficha que de «El Extraño» hizo
el Buró de Investigaciones de la Policía Nacional cubana. Entre otros
hechos de sangre, se le acusaba de haber participado en el atentado
donde perdió la vida el ex capitán Rafael Díaz Joglar por haber
traicionado a Antonio Guiteras, y del asesinato de varios policías,
como el cabo Abad Gil, que tuvo participación asimismo en la muerte
del héroe del Morrillo. Estuvo además en el asesinato del líder obrero
machadista Juan Arévalo, y la Policía lo buscaba por sus implicaciones
en el asalto al cuartel Goicuría, de Matanzas, en 1956. Antes, en
1949, tuvo parte  en un atentado fallido a Rolando Masferrer.
    En Miami y en otras ciudades norteamericanas fue el iniciador de las
extorsiones a los que llamaba «emigrados económicos», esto es, cubanos
propietarios de negocios que habían llegado a EE UU antes del triunfo
de la Revolución, o dedicados al tráfico de drogas y al juego
prohibido  que por lo ilegal de su actuación no lo denunciarían.
Escondió en su casa a los asesinos de Luciano Nieves, ex capitán del
Ejército Rebelde y ayudante del comandante Camilo Cienfuegos    que ya en
el exilio trató de buscar un acercamiento con las autoridades de la
Isla. Y al parecer fueron  los asesinos de Nieves los que  pasaron la
cuenta a «El Extraño».
SANGRE EN AYESTARÁN
¿Qué se hizo de los otros culpables de la muerte de Enrique Enríquez Ravena?
    El 23 de julio de 1948 «Cuchifeo» Cárdenas sufrió un atentado en El
Vedado, pero escapó con vida. El escribidor le pierde el rastro a
partir de esa fecha.
    Wichy Salazar se dio a la tarea de perseguir a Policarpo Soler,
acusado del asesinato de su hermano.  Policarpo sin embargo se le
adelantó  y lo tiroteó en la calzada de Ayestarán. A partir de ahí
Wichy sobrevivió nerviosamente como un condenado a muerte sin fecha
fija. Le llegaría el momento el 1 de septiembre de 1949, también en la
calzada de Ayestarán, justo frente a la casa donde sufriera el
atentado anterior.  Lo acompañaban un amigo y su hermana Efigenia
cuando una ráfaga de ametralladora los abatió a los tres. La muchacha
quedó gravemente herida y los  hombres, habituados a tales lances,
usaron sus armas para repeler a los agresores, que ya huían. El
episodio no había terminado. Desde un automóvil en marcha, con una
ametralladora,  tirotearon a los heridos tendidos en el pavimento. Un
hombre grueso, de pelo negro y espejuelos oscuros descendió del
vehículo y con saña meticulosa remató a los dos hombres casi a quema
ropa. Era Policarpo Soler. Cerca, entre otros matones, se movía «El
Colora’o». Efigenia Salazar quedó viva para contar la historia.

   





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Ciro Bianchi Ross
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