domingo, 7 de octubre de 2018

PLAY BOY Y EMBAJADOR


   
Sat, Oct 6, 2018 9:26 pm
Ciro Bianchi Ross (cirobianchiross@gmail.com)To:you + 53 more Details
Play boy y embajador
Ciro Bianchi Ross
ciro@juventudrebelde.cu

Podía presumir de una verga descomunal. Jeremy Scott, su biógrafo,
asegura en The irresistible Mr. Wrong, que su atributo era del largo
de un bate de beisbol y del ancho de una lata de cerveza. «Las mujeres
gritaban al vérselo», comentaba. Pero no era en eso en lo que
Porfirio Rubirosa, el último embajador de Rafael Leónidas Trujillo en
Cuba, cifraba sus éxitos de Don Juan, sino en su refinamiento. Tenía
clase.. El secreto radica en ser educado, decía. . Él siempre le
abría la puerta a su pareja, le encendía el cigarrillo, le buscaba la
bebida, la piropeaba, la hacía sentirse como una reina. Y. sobre todo,
ponía sumo cuidado en que alcanzara el orgasmo. Era, por otra parte,
un gran deportista: campeón internacional de polo y bueno en
submarinismo, esquí y coches de carreras. Eso también formaba parte
de sus técnicas de seducción pues tení¬a claro que a ellas no les
gustan los vientres flácidos. Alguien, asombrado, le preguntó una vez
cómo podía lucir siempre tan perfecto, tan bien vestido y descansado.
Respondió Rubirosa: «Amigo, esa es mi profesión». No era el más alto
ni el más guapo, asevera alguien que lo conoció de cerca, «Pero
entraba a un lugar y cambiaba las emociones de la gente. La energía
que emanaba era increíble».
YERNO DE TRUJILLO
Flor de Oro Trujillo, hija del sátrapa dominicano, fue, con 17 años,
la primera de las cinco esposas de aquel hombre a quien todos
llamaban Rubi. La última, la actriz belga Odile Rodin, que a la
postre sería su viuda, tenía 19 y él 47 cuando contrajeron matrimonio.
Otra actriz, francesa, Danielle Darriuex, fue la segunda, mientras
que la tercera y la cuarta fueron Doris Duke, en 1947, y en 1953
Barbara Hutton, las dos mujeres más ricas del mundo en el momento de
la boda con Rubirosa. Duke le traspasó en el divorcio una casa en
París, un establo de caballos de polo, varios coches deportivos y un
avión. También más de 350 000 dólares. Barbara Hutton, con la que
estuvo casado solo 53 días, le dejó 2,5 millones, un cafetal en la
República Dominicana y otro avión. Una de sus frases más famosas y
repetidas reza: «La mayorí¬a de los hombres quiere ganar dinero, yo
prefiero gastarlo»
Se dice que pensaba dejar a Odile para juntarse con Pat Kennedy,
hermana del presidente asesinado. Tuvo un romance con Flor de Oro
cuando estaba casado con Doris Duke, y la ruptura con la Hutton
sobrevino al enterarse esta de los amores del marido con la actriz Zsa
Zsa Gabor. Fue infiel en su momento a Flor de Oro, por lo que
Trujillo, que no había estado del todo de acuerdo con esa boda, lo
obligó a divorciarse, pero siguió protegiéndolo.
Fue con ese divorcio que Porfirio Rubirosa comenzó su carrera de play
boy. Entre las celebridades que compartieron su lecho, la leyenda cita
a Marilyn Monroe, Ava Gardner, Dolores del Río, Rita Hayworth, Joan
Crawford, Kim Novak, Judy Garland, Eva Perón y Tina Onassis. Fue amigo
de John Kennedy, Frank Sinatra y el Aga Khan.
DIPLOMÁTICO
Porfirio Rubirosa nació en 1909, en San Pedro de Macorís, en el seno
de una familia de clase media. Era hijo de una española y un general
dominicano, y pasó en Francia parte de su infancia y adolescencia.
Tenía 16 años cuando perdió su virginidad en un prostíbulo del barrio
parisino de Montmartre. La mujer se negó a cobrarle, pero le hizo
prometer que volvería a verla. A los 17 regresó a Dominicana y se dice
que formó parte de la guardia pretoriana de Trujillo. Casado ya con
Flor de Oro recibió como premio un puesto diplomático en Berlín, lo
que le dio la oportunidad de compartir el palco de Hitler en algunas
de las competencias de las Olimpiadas de 1936. Fue una estancia que
aprovechó para llenarse los bolsillos de dinero con las visas
dominicanas que vendió a ciudadanos judíos, negocio que retomó más
adelante en París.
En La Habana, en sus días de embajador de Trujillo, eran frecuentes
los cocteles y cenas que organizaba en su residencia del reparto
Biltmore, en los que podía verse a gente como el inglés Stirling Moss
y el Marqués de Portago, destacados ases del volante, y alguna que
otra celebridad de Hollywood como Kim Novak y Ava Gardner. Los
adolescentes de entonces, hoy setentones, guardan buenos recuerdos
del célebre vecino a quien también llamaban Rubi. Con él montaban
motos o bicicletas, corrían caballos, se enfrascaban en un partido de
beisbol o navegaban a vela, aunque nada los entusiasmaba tanto como
cuando, para que dieran una vuelta por el barrio, les prestaba su
automóvil, un Ferrari que llevaba en la matrícula la bandera de su
país con un fleje adjunto en el que se leía la palabra «Embajador», lo
que lo hacía intocable para la policía cubana. Uno de esos muchachos
de ayer dice al cronista que hace unos treinta años coincidió en una
tienda de Nueva York con Odile Rodin, y, pese a su edad, se veía muy
hermosa y elegante, todavía perfectamente encamable.
APARECE JOHNNY ABBES
En los días finales de la dictadura de Batista llegó a Cuba una
delegación del gobierno dominicano. Preocupaba al generalísimo
Trujillo la situación de su colega cubano y más le preocupaba que el
ejemplo de Fidel Castro pudiera prender en Quisqueya. El sátrapa, que
no logró nunca ser invitado a La Habana en visita oficial, lo que
nunca perdonaría a Batista, soñaba con que sus soldados desfilaran
aquí victoriosos. Trujillo tenía obsesión con Cuba. Encargaba sus
trajes en la renombrada sastrería Oscar, de la calle San Rafael,
compraba sus muebles en La Moda y su médico de cabecera era esa
eminencia de la clínica que fue el doctor Pedro Castillo. Sin ir muy
lejos, su última amante fue una rumbera cubana, Silda (así con S).
Nunca pasó de ser una de las del montón en los cabarets habaneros,
pero se convirtió en una celebridad en la noche dominicana, lo que
hizo que Trujillo reparara en ella. Queda de Silda una foto cada vez
más desvaída en una amarillenta página de la revista habanera Show.
La visita de los dominicanos obedecía a una coordinación llevada a
cabo por el teniente general Pedro Rodríguez Ávila, jefe del
Ejército, el almirante Rodríguez Calderón, jefe de la Marina de Guerra
y el general José Eleuterio Pedraza, recién reincorporado a las
Fueras Armadas. El grupo de visitantes estaba integrado por el general
Arturo Espaillat, el coronel Johnny Abbes García, jefe de la
Inteligencia de su país, el contralmirante Didiez Burgos, secretario
de Marina, y el coronel aviador Álvarez Albizu, agregado militar en
Cuba. Se alojaron en el Hotel Riviera y todos, menos Espaillat, que
regresó antes de tiempo, esperaron que el dictador cubano los
recibiera el 31 de diciembre de 1958, en la Ciudad Militar de
Columbia.
En la tarde de ese día Pedraza presentó a los dominicanos al mayor
general Eulogio Cantillo, jefe de Operaciones del Ejército, y
trasmitió su interés de encontrarse con el Presidente. Cantillo se lo
informó así al mandatario a su llegada a la instalación militar a las
diez de la noche. A esa hora, con Santiago de Cuba sometida por Fidel
a un cerco elástico, Santa Clara a punto de caer ante las tropas de
Che Guevara y por lo menos tres conspiraciones en su contra en la
propia Ciudad Militar, sede del Estado Mayor Conjunto, la ayuda
prometida por Trujillo carecía de sentido para Batista, decidido ya a
salir de Cuba. No quería ver a los dominicanos y pidió al general
Juan Rojas, jefe del campamento de Columbia, que así se los dijera
con la advertencia de que regresaran de inmediato a su país. «¡Por
Dios, Rojas! Diles a esos hombres que no pierdan el tiempo y que se
vayan… », dijo Batista. Los dominicanos no hicieron caso, deseosos de
vivir la experiencia única de esperar el Año Nuevo en La Habana.
HOMBRE AL AGUA
Con el siniestro Abbes García venían dos curiosos sujetos. Un
yugoslavo y un chino, expertos ambos en el manejo de las carabinas
San Cristóbal compradas a Santo Domingo por el gobierno de Cuba para
la lucha antiguerrillera. . Los soldados cubanos se quejaban de que la
escopeta en cuestión se encasquillaba con frecuencia. No era un mal
fusil. Lo que sucedía era que necesitaba del proyectil fabricado en
específico para ella. Cuba adquirió las escopetas, pero no las balas,
en la confianza de que otro proyectil del mismo calibre resultaría
eficaz. No resultó.
A las siete de la mañana del 1 de enero de 1959, Porfirio Rubirosa,
embajador de Trujillo en la Habana, tocó a la puerta de la casa de su
vecino, un alto funcionario del Ministerio de Hacienda. Llegó en
chancletas, con la camisa por fuera del pantalón y las mangas
recogidas en los codos. Necesitaba ayuda. Precisaba sacar de Cuba al
coronel Abbes García y sus compañeros.
Contó al escribidor el hijo de aquel funcionario que no fue difícil
conseguir una avioneta que volara con destino a la ciudad de Miami.
Abbes y el yugoslavo tenían visa para EE UU; no así el asiático, lo
que podía traer problemas a la llegada al territorio norteamericano.
Según la misma fuente, que siempre he sospechado era el piloto de
aquella avioneta, Abbes y su compañero solucionaron fácilmente el
problema: tiraron al chino en medio del Estrecho de la Florida. Otra
versión asegura que el chino fue detenido en La Habana y juzgado. Pasó
su prisión impartiendo clases de alemán. Rubirosa, pese a su condición
de embajador y a la inmunidad que lo protegía, terminó buscando asilo
en la embajada norteamericana y el embajador Smith gestionó en
Columbia su salvoconducto.
MUERTE AL AMANECER
Se dice que Ian Fleming se inspiró en Rubirosa para trazar su
personaje de James Bond. El gran escritor peruano Mario Vargas Llosa
se deslumbró con su historia. Y otro gran narrador, Truman Capote
sucumbió a su embrujo. Se le han dedicado por lo menos dos biografías
y acaba de filmarse en Santo Domingo una película que recrea su vida
y hazañas. En California se organiza en su honor la Copa de Polo
Embajador Rubirosa. Y durante mucho tiempo, en los restaurantes de
lujo de París se llamó rubirosas a los recipientes en los que en las
mesas se coloca la pimienta. Su leyenda se ha utilizado en la
publicidad. El personaje llamado «El Hombre Más Interesante del Mundo»
que sale en anuncios de cierta marca de cerveza, está basado en su
imagen.
Murió el 5 de junio de 1965, a las siete de la mañana al chocar su
Ferrari contra los árboles en el Bosque de Boloña, de París, luego de
haber celebrado durante toda la noche su victoria en el campeonato de
polo Coupe de France. Se dijo que su coche había sido manipulado a fin
de evitar su relación con Pat Kennedy.
Tenía 56 años de edad. No dejó hijos. Era estéril.



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