domingo, 1 de noviembre de 2015

"JUANCHO LA PECHUGA" SE LE DECLARÓ A "LA PURPURINA"

ELIGIO DAMAS Nota: No sé cómo definir o calificar esto. Se me ocurre así de pronto, lo que es habitual en mi trabajo, que no es nada laborioso, llamarle casi con un lugar común, “Estampa de Cumaná”, aunque pudiera llamarle crónica, especialidad a la que soy aficionado. Como otros, lo he escrito para ponerlo en mi blog en esta época de navidad. Porque ésta, la navidad, como mi pueblo, forma parte de mis imborrables y hermosos recuerdos. Claro, no puedo pasar por alto que ahora en noviembre, la “ciudad marinera y mariscala” como la llamase uno de sus hijos predilectos, Andrés Eloy Blanco, estará cumpliendo 500 años de fundada, lo que la hizo la Primogénita de este continente. Por esto, el cumpleaños de la ciudad mártir y heroica, me adelantaré, no esperaré navidad y coloco ahora este trabajo, como mi humilde homenaje de amor a uno de los sueños, que fueron realidad, bellos y sublimes de mi vida. ¡Feliz cumpleaños hermosa y noble dama, madre exquisita, chica que no se olvida! I.- Juancho la Pechuga Juancho, ya en la mañana, a la misma hora cuando mi hermana y yo salíamos para la escuela, pasaba frente a nuestro rancho, viniendo desde “Las Palomas”. Pese la tristeza le inundaba, impuesta por los avatares de su vida, de una edad madura no muy avanzada, vida de abandono, según nuestro diagnóstico, que no conocíamos la palabra, que más bien debió ser parecer, siempre asomaba a su rostro también pálido, una como leve sonrisa que acentuaba aquella aposentada tristeza. Era la suya sonrisa ajena, prestada, más bien una como mueca brindada de pírrico agradecimiento por la alegría espontánea, desbordada y verdadera nuestra, de los niños, por verle en nuestro espacio. Tendría un poco más de cincuenta años, avejentado prematuramente por las vicisitudes del abandono, sufrimientos del indigente, quien siempre acompaña o le acompaña la soledad. Nunca supimos de dónde salió Juancho, sólo que un buen día en la mañana pasó frente a nuestra casa de bahareque, en el camino de Río Viejo, nuestro barrio, que corría paralelo a la “quinta de los Berrizbeitia”, con dirección hacia Cochabamba, para seguir luego hacia el centro de la ciudad. De esa manera como fortuita entró en nuestras vidas. Cuando le vimos por primera vez portaba sobre la espalda un viejo y sucio saco, eso que los mexicanos llaman costal, dentro del cual al parecer llevaba según el pronunciado bulto que se formaba, algunas cosas que nunca abandonó, que cuidaba con esmero y hasta demasiada energía; tanto que cuando alguien, por molestarle, intentaba quitárselo, se volvía fiera en celo, hembra que defiende su cría. Nunca supimos en detalle qué, aunque se asomaban muestras de ropa y cosa curiosa, cuando escribo esto, descubro que jamás nos interrogamos sobre ese asunto, ni preguntamos a Juancho, quien por cierto, eran pocas las palabras que pronunciaba; apenas balbuceaba, tanto que nunca le oímos una frase completa, por corta que fuese. Sólo salían de su boca palabras incompletas y sonidos incomprensibles. Cuando intentaba hablar, un manantial emergía por las comisuras de sus labios. No era eso, el hablar, el lenguaje propio de Juancho. Pese la tristeza, como pegada a su rostro lampiño, pálido y expresión corporal, su mustia sonrisa, que no se desataba, se le quedaba como pegada a su figura desgarbada toda, intentaba ante el más mínimo estímulo musical expresar alegría, no sé si verdadera o por complacer a los muchachos, con movimientos torpes y descompasados de todo su cuerpo. Era un costal de huesos, todo lánguido, bastante alto, que no lo parecía por su doblado cuerpo que había adquirido la forma o tendencia que le imponía el peso del saco que rara vez abandonaba. Cuando caminaba, la mitad de su torso, para mantener el equilibrio y viva la fuerza inercial, adquiría forma casi horizontal, tanto que la cara iba paralela al suelo y hacia este siempre su también triste mirada. Vestía pantalón de caqui mugroso, con la pierna derecha recogida un poco por encima del tobillo, mientras la izquierda caía sobre una alpargata sucia. Casi siempre llevaba una camisa que alguna vez fue blanca, cuyo cuello también mugriento sobresalía del paltó del mismo material y color del pantalón. Cuando escribo esto, y lo escribo por él, estoy pagándole con mi afecto a Juancho toda la alegría que nos brindó de niños. ¡Cuánto siento que los niños de ahora, en este estadio de vida que habla de desarrollo y envueltos ellos en un proceso de crecimiento vertiginoso de la tecnología, crecimiento desmedido de las ciudades y la población, donde pocos son los transeúntes que se reconocen entre sí y le ha sido robado a ellos los espacios, no puedan tener instantes tan sencillos pero hermosos, alegres y llenos de ternura, como aquellos que para nosotros brindaba la presencia de Juancho, a quien por cierto, ahora lo recuerdo, nunca le dimos nada, no sé si porque nada teníamos o porque Juancho no mendingaba! Pero justo ahora, terminando la frase anterior, me interrogo acerca de cómo vivía, de qué se sustentaba en lo que se refiere al comer. Pero nunca debí hacer y hacerme esa pregunta, porque podría llevarnos a una respuesta aparentemente fantasiosa o inventada y ajena a la generosidad de la ciudad y el tiempo en que vivimos y crecimos. Digo esto, porque el caso de la subsistencia de Juancho, quien portaba en el saco unos sucios cambios de ropa que usaba no por estar limpio sino por cumplir un ritual o fantasía, era el mismo de nosotros. Al decir esto, recuerdo mi libro “El Crimen Más Grande del Mundo”, donde hablo de nuestro espacio, subsistencia casi mágica, lo que explica por qué he dicho que nunca “debí” interrogar de esa manera. Todo es para nosotros muy claro. Aquella era una vida bucólica, generosa y hermosa que truncó “el progreso”. Muchas veces, al salir del rancho para ir a la escuela, avistábamos allá, no muy lejos la figura estrafalaria de Juancho y su caminar lento por arrastrar el peso que su espalda portaba, especie de penitencia autoimpuesta, quizás como una demencial manera de darle sentido a su vida. Le esperábamos llegase a donde nos encontrábamos para solicitarle, como siempre, el humilde y sencillo espectáculo que nos brindó la primera vez que le vimos y por el cual, en toda nuestra pequeña ciudad, se le llamaba “Juancho la Pechuga”. No había problema en esperarlo, el tiempo era algo que en nuestro espacio y vidas sobraba; no había motivos para andar apresurados. -“Juancho, suena la pechuga”. De esa manera solicitábamos nos brindase su espectáculo. Juancho, ante aquel requerimiento, la mayoría de las veces hecho por coro de voces infantiles y alegres, comenzaba a bailar un ritmo indefinido, moviendo sus pies y cuerpo todo con torpeza, girando lentamente siempre en el sentido de las agujas del reloj, mientras habiendo colocado el saco en el suelo, muy cerca suyo, como con desconfianza, nos brindaba su sonrisa. Luego ejecutaba un hábil movimiento, repetido tantas veces como se lo permitiese el tiempo que sobraba, que consistía en un como frotarse ligeramente las palmas de las manos, un poco separadas del cuerpo a la altura del pecho y luego golpearse esa parte del cuerpo. La mano izquierda movía con la palma hacia abajo y la derecha hacia arriba y luego, inmediatamente y con gran rapidez, con esta se golpeaba en el lugar indicado, la retiraba y volvía a la posición inicial, mientas la primera también golpeaba allí y salía presurosa al encuentro de la otra mano. Mientras tanto no dejaba de mover su cuerpo y girar sobre sus pies en el mismo sentido. El pecho de Juancho hacía de caja de resonancia y producía un sonido firme, sonoro, ronco, profundo y repetitivo. Las palmas de las manos al golpear producían uno agudo y cristalino. Mientras hacía aquellos movimientos, producía su música, balbuceaba y en apariencia cantaba al ritmo que marcaban sus manos y su pecho y por las comisuras de los labios emergía el manantial. Mientras tanto, todos quienes le rodeábamos, repetíamos cada uno de los movimientos de Juancho y cantábamos lo primero que a alguien, haciendo de primera voz o guía, se le ocurriese, como: “Este zamurito que viene de Roma a comer podrío aquí a “Las Palomas”. Juancho era un pequeño, humilde y sencillo espectáculo ambulante para todos los niños de la ciudad que lo eran más que quienes tenían la edad nuestra. Entonces el “Juancho, suena la pechuga”, se escuchaba en cada esquina mientras él iba de “Las Palomas”, donde dormía, hasta el centro de la ciudad a refugiarse habitualmente durante el día, bajo el puente viejo o Guzmán Blanco. Por cierto, ahora lo recuerdo bien, bajo ese puente, que brindaba una sombra generosa como para pasar el día agradablemente, mientras arriba el calor del mediodía sofocaba a la gente, aparte de Juancho pasaban el día algunas otras personas como él. No sólo era como una enorme casa, amplia, de ventanales abiertos que permitían que el viento, viniese del sur o norte a ella entrase raudo y constante. Pero también, allí mismo, en la orilla del río abundaban peces, camarones que se podían atrapar sin dificultad alguna; bastaba la mano habilidosa y esta se lograba después de una no muy larga experiencia en aquel espacio. Y el río de manera constante traía frutos en abundancia de los árboles de allá arriba. Allí, en ese espacio, Juancho conoció a “La Purpurina”. -- Publicado por Eligio Damas para BLOG DE ELIGIO DAMAS el 10/30/2015 01:15:00 p. m.

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