lunes, 22 de julio de 2013

EL CEMENTERIO DE COLON , EN LA HABANA ,CUBA


El cementerio de Colón

Ciro Bianchi Ross • digital@juventudrebelde.cu
20 de Julio del 2013 19:47:27 CDT

La necrópolis habanera de Colón se destaca por su majestuosidad y
ofrece, desde todos los ángulos, su aspecto monumental. Por sus
valores artísticos y arquitectónicos es la muestra más amplia y
meritoria del arte funerario en la Isla, y en orden de importancia, la
tercera necrópolis del mundo. En más de cien millones de dólares se
valoraba hace unos 20 años su patrimonio artístico. Cincuenta y tres
mil propiedades se asientan sobre sus 56 hectáreas. Una interesante
leyenda se teje en torno a su portada, pero no es más que eso, una
leyenda, mientras que el sepulcro de Amelia Goyri, conocido como el de
La Milagrosa, sigue siendo el más concurrido de todo el camposanto.
Atraen la atención del visitante el panteón de Catalina Lasa y el de
los bomberos; también el de los estudiantes de Medicina fusilados por
el colonialismo español en 1871. De interés resulta la visita a los
panteones del generalísimo Máximo Gómez y a los de algunos presidentes
de la República. En el cementerio de Colón descansan Julián del Casal
y José Lezama Lima. También Fernando Ortiz. Allí Alberto Yarini sigue
siendo el rey, y el campeón José Raúl Capablanca, el más grande
ajedrecista de todos los tiempos.
El 30 de octubre de 1871, con la colocación de la primera piedra,
quedaban formalmente inauguradas las obras para la construcción del
cementerio de Colón. A las siete de la mañana de aquel lunes, una
jornada que la crónica insiste en calificar de gris, el joven y
talentoso arquitecto Calixto de Loira, autor del proyecto de la nueva
necrópolis, que acababa de ser designado director ejecutivo de su
construcción, sostenía un cajón del que Romualdo Crespo, capitán
general interino, con una cuchara de plata, extraía la mezcla que
depositaba en un hueco antes de colocar encima la piedra sobre la que
dio repetidos golpes. Con anterioridad, en lo más profundo de aquel
agujero, situaron una caja que se metió dentro de otra caja. A fin de
legarlos a la posteridad, se introdujeron en la caja de caoba sellada
dentro de otra de plomo, un ejemplar de la Guía de Forasteros —especie
de guía turística de la época—, un almanaque del año, varias monedas
de oro y plata con la efigie de Amadeo I, de Saboya, rey de España, un
número de cada periódico que circuló en La Habana el día anterior y
una copia del acta que daba cuenta de la ceremonia y que suscribieron
todas las personalidades presentes.
Finalizaba así un proceso iniciado unas dos décadas antes cuando, en
1854, el Cabildo de La Habana conocía de una moción que recomendaba la
construcción de un nuevo camposanto. El proyecto incluía asimismo un
monumento a la memoria de Cristóbal Colón donde se depositarían las
supuestas cenizas del descubridor, conservadas hasta entonces en la
Catedral de La Habana. La propuesta fue aprobada por el Ayuntamiento
habanero, pero engavetada por más de cinco años; la jerarquía de la
Iglesia católica se oponía a que el poder civil tomara la iniciativa
en la construcción de un nuevo recinto mortuorio y lo controlara, lo
que constituía una buena entrada económica. Tampoco quería ceder las
preciadas reliquias del Almirante.

«La pálida muerte…»
En el mencionado año de 1854, el cementerio de Espada resultaba chico
para los habaneros. Cuando se inauguró en 1806 sus promotores le
concedieron una larga vida. Pero apenas 50 años después había ya
rebasado sus límites. Totalmente abarrotado y sin posibilidades de
crecer en área, el cementerio de Espada comenzó a crecer hacia arriba
con la construcción de nichos. La situación empeoró entonces; aumentó
la contaminación ambiental y, al carecer los nichos de conductores a
tierra que hubieran permitido evacuar los humores de los cadáveres en
descomposición, se enrareció el aire y la fetidez se hizo
insoportable, sin contar que la altura de los muros del mismo
cementerio impedía la ventilación interior del recinto mortuorio y la
lluvia y las penetraciones del mar sacaban a flor de tierra no pocos
despojos.
Así las cosas, y aun con la oposición de la Iglesia, el Ayuntamiento,
a iniciativa de los concejales José Bruzón y José Silverio Jorrín,
nombró a la comisión que elegiría el terreno apropiado para el
camposanto en proyecto. Se escogió al efecto un cuadrado de mil varas
de lado en la falda Oeste del Castillo del Príncipe. Impugnaron dicha
elección las autoridades militares. Alegaron que un cementerio
emplazado en ese espacio dificultaría la vigilancia en la zona.
Protestó también monseñor Francisco Fleix Solans, Obispo de La Habana.
Alegó que no era el Ayuntamiento, sino el obispado el que tenía el
derecho de construir la necrópolis, para lo que disponía de los fondos
necesarios.
Pese a los criterios en contra, los concejales defendieron el
propósito de asentar el cementerio en la falda Oeste del Príncipe. La
realidad, sin embargo, los llevó a desistir de ese empeño y una nueva
comisión escogió un rectángulo de cuatro caballerías seccionado de las
fincas La Baeza, La Currita, La Novia, La Campana, Las Torres y La
Portuguesa al final del Vedado, en la zona conocida como San Antonio
Chiquito, al este de la loma de los jesuitas, elevación donde, con los
años, se erigiría el monumento a José Martí en la Plaza de la
Revolución. De las fincas mencionadas, se compraron cuatro a sus
propietarios, mientras que Las Torres y La Portuguesa las adquirió el
Ayuntamiento por expropiación forzosa. De inmediato las seis estancias
fueron cercadas y en parte de estas, antes de la inauguración del
nuevo camposanto, fueron inhumados aquellos desheredados de la fortuna
que no disponían de sepulcro en el cementerio de Espada ni podían
darse el lujo de alquilar un nicho en esa necrópolis.
Llegó así el año de 1870. Se disponía del terreno para un nuevo
camposanto y había acuerdo acerca del nombre que se le daría. Faltaba
solo el proyecto arquitectónico para su ejecución. Se sacaría a
concurso y la Junta de Cementerios dio a conocer las bases del
certamen el 12 de agosto de ese año. El ingeniero Francisco de Albear,
autor de los planos del acueducto habanero, presidió el jurado que,
entre las siete propuestas contendientes, otorgó premio al proyecto
presentado bajo el lema «La pálida muerte entra por igual en las
cabañas de los pobres que en los palacios de los reyes», del
arquitecto español Calixto de Loira.

La disputa llega a España
La disputa en torno a la administración de la nueva necrópolis seguía
sin dirimirse. El Consejo de Administración y Gobierno de Madrid,
instancia a la que apeló el Ayuntamiento habanero, falló a favor de la
Iglesia y dio así el carpetazo a las pretensiones de sus concejales.
Apelaron estos entonces a la Corona y la respuesta fue la misma. Una
Real Orden resaltaba el derecho del obispado «siempre que se pusiera
de acuerdo con las autoridades civiles para la elección del lugar —lo
que ya se había hecho— y particularidades sanitarias…».
Ya para entonces Espada no aguantaba más. En 1847 se había clausurado
el cementerio del Vedado, en el espacio que ocupa la sede del
Ministerio de Relaciones Exteriores, y en 1860 dejaban de existir las
modestas necrópolis del Cerro, en Ciénaga, en el camino hacia Puentes
Grandes, cerca de la actual calzada de Boyeros, y el de Jesús del
Monte, detrás de la iglesia. Desaparecía asimismo el de los Molinos,
en las inmediaciones de la estancia de ese nombre. El de Atarés, en
las faldas del castillo, se clausuraría en 1868. El turno de Espada
llegaría el 3 de noviembre de 1878 cuando el capitán general Arsenio
Martínez Campos ordenó su cierre definitivo luego de haber asimilado
314 144 entierros. Treinta años después, durante la segunda
intervención militar norteamericana, se disponía su demolición y el
traslado de los restos que allí quedaban.
Una vez dueño del cementerio, el obispado transigió con el
Ayuntamiento en algunos puntos. Aceptó el nombre de Cristóbal Colón
para el camposanto e indicó al arquitecto Loira que incluyese en sus
planos una gran plaza, la más importante de las seis que contemplaba
el recinto funerario, que estaría situada en la avenida principal,
entre la puerta Norte y la Capilla Central. Allí se erigiría el
sepulcro-monumento al Descubridor de América, en cuya base se
conservarían sus cenizas. Obra que no llegó a acometerse, y que de
haberse ejecutado no hubiera guardado nunca los verdaderos despojos
del Almirante que no parecen haber salido nunca de Santo Domingo. De
cualquier manera, fueran reales o supuestas, España, al cesar su
soberanía sobre la Isla, en 1898, sacó de Cuba las controvertidas
reliquias que se mantenían en la Catedral habanera.
Pese al poder nivelador de la muerte y a lo que proclamaba Calixto de
Loira en el lema de su proyecto, el arquitecto dividió el cementerio
habanero, dicen especialistas, en «zonas muy bien definidas y
jerárquicamente separadas». Trasladó a la necrópolis, se afirma, las
diferencias clasistas de la acrópolis.
Desde su apertura, el cementerio fue administrado primero por el
obispado y luego por el arzobispado de La Habana. La Iglesia católica
percibía cuantiosas ganancias por el cobro de enterramientos y
traslados, venta de bóvedas y panteones, venta y alquiler de terrenos.
Las ganancias fueron mayores desde 1940, cuando el Gobierno eximió al
cementerio del pago de impuestos, pese al carácter lucrativo que
poseía. Conviene precisar que mientras la Iglesia administró el lugar,
el entierro de los pobres de solemnidad era muy sencillo, pero nunca
dejó de enterrárseles. Gasto que debió sufragar el Ayuntamiento, lo
que nunca hizo. El 4 de agosto de 1961 el Gobierno de La Habana
dispuso la intervención del cementerio. A partir de entonces se
declaró gratuita la utilización de las parcelas de enterramiento y se
rebajó en un 50 por ciento el importe de los servicios a particulares.
Las ceremonias religiosas siguieron efectuándose sin impedimento.

Caminata bajo el sol
La Oficina del Historiador de La Habana trabaja en el rescate y la
protección del cementerio de Colón. Una labor de restauración que se
proyecta de manera integral, no solo en panteones y capillas, sino que
abarca la señalética del lugar, los tipos de árboles que se plantan,
la pavimentación de las calles principales. También, y siempre a
escala de ciudad, se trabaja en un proyecto de iluminación. La
profanación de sepulcros y el robo de huesos y obras de arte han
disminuido desde el año 2008.
Llama la atención del visitante la gran portada monumental de la
necrópolis, donde la leyenda asegura, sin fundamento, que hay
enterrado un hombre. En la capilla central atraen las pinturas de
Miguel Melero. Descansan en el panteón de los emigrados los restos de
los padres de Martí, y el Panteón de los Veteranos, construido en
1946, luce cuatro bellísimos bajorrelieves, obra de Juan José Sicre,
que representan la muerte de Céspedes, Agramonte, Martí y Maceo.
Impacta, por su serena sobriedad, la tumba del cardenal Manuel
Arteaga, primer príncipe de la Iglesia católica cubana. Hay bellas
obras de Sicre y de otros escultores como Boada, Longa y Ramos Blanco
en numerosos sepulcros particulares, y en otros todo un desbordamiento
de escultura comercial con profusión de ángeles, imágenes de santos y
cruces.
Un lugar como este, con tantos valores patrimoniales y tan cargado de
historia y leyenda, bien merece esta caminata bajo el sol.

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Ciro Bianchi Ross
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